Por Paola Barba Segovia

Este año ha sido tan peculiar, no sé si decir que se ha ido rápido o muy lento, pero ¡Ya llegó la Navidad! Ese momento maravilloso que siempre ha despertado emociones, memorias e ilusiones. Esta vez será diferente, no iremos a ninguna posada, no tendremos la oportunidad de abrazar ni de besar a toda la familia y tal vez ni siquiera podremos reunirnos con ellos, me pregunto ¿será por primera vez una noche triste?

De niña recuerdo que era una época mágica, en ese tiempo mi anhelo más grande era hacer la carta al Niño Dios y esperar a que llegaran los regalos y justo como es en la vida, todo podía pasar. Me podía encontrar con cosas que yo no había pedido así aprendí a descubrir poco a poco la belleza escondida de un regalo inesperado. Claro, también llegó a pasar al contrario, que al despertar encontraba mas y mejores cosas de las que esperaba, superando todas mis expectativas.

Cuando me logro concentrar en eso, vuelvo a sentir esa alegría y gratitud que no caben en mi pecho, es increíble como mi rostro refleja mi niña interior.

Sin duda fue esa sensación la que a lo largo de los años me hizo entender que el verdadero regalo es revivir cada año con esa misma ilusión el amor, la dicha y la paz.

Esta Navidad puedo ver dos caminos:

  1. Dejarnos abrazar por la nostalgia dejando sueltos los pensamientos de melancolía y añoranza convirtiendo la Noche Buena en la noche triste.

2. Tomar fuerza de las experiencias pasadas y de lo que verdaderamente es la Navidad: Celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret y aprovechar las fechas para poner en práctica las lecciones que vino a traernos, “actuar desde el amor y para el amor”.


Este último camino es más desafiante, exige salir de nosotros mismos, de la desesperanza, y echar a volar la imaginación, recurrir a los mejores recuerdos, aceptar la situación y lograr contagiarnos otra vez de la magia, encender la luz en nuestros corazones. No sé, puede ser que tal vez esta Navidad sea la mejor.