Por Betsy Izunza

A casi un año de que inició la pandemia, desde ese marzo del 2020 nos encerraron con nuestros mayores “monstruos” o miedos, la soledad, la ansiedad, el insomnio, la depresión y los trastornos alimenticios. El enojo que llevábamos dentro sin hacerle cara, comenzó a salir, no sólo estábamos dentro de casa con ocupaciones, con o sin familia, sino que ahora debíamos de re-conocer en nosotros aquello que la misma rutina, el acelere, el exceso de trabajo, los hijos, nos había permitido esconder debajo de la alfombra.

Soy Betsy Izunza, maestra en estudios fitness, gimnasios, clubes y shalas de Yoga desde hace 21 años. El yoga llegó a mi vida en el 2014 a través de la práctica de Ashtanga Vinyasa Yoga y desde ese momento me enamoré de su estilo dinámico, su energía, pero sobre todo de lo mucho que calmaba mi mente.  Soy (¿o era?) muy hiperactiva y desenfocada. El ruido dentro de mi, me detenía y por lo mismo me habían recomendado otros estilos de yoga o meditación sin tener éxito; pero desde esa primera práctica me enamoré, fue un amor inmenso por la oportunidad de descubrir el camino que me llevaría a lograr ciertas posturas que en su momento parecían tan lejanas descubrir lo mucho que me faltaba y lo mucho que podía recorrer. Esto me hizo motivarme, lo sentí como un reto y quise vivir en carne propia “PRACTICE AND ALL IS COMING” (Practica y todo llegará). Pero ese día lo que más amé fue darme cuenta que mi mente estaba en paz por primera vez en mucho tiempo. Sentí un gozo enorme y eso me hizo querer seguir aprendiendo de esta maravillosa disciplina. Fue así como obtuve mi certificado de maestra de Yoga en 2016. He tomado certificaciones, cursos, talleres y todos los días sigo aprendiendo porque mi tapete se ha convertido en mi mayor maestro, en él he llorado, he reído, he sudado, me he caído, pero siempre me he vuelto a levantar y más que nada he encontrado un gran sentido a lo que me toca venir a compartir en esta vida.

En este último año el Yoga ha sido mi mayor terapeuta, le da rutina a mis mañanas, me hace motivarme y sentirme llena de energía, me ha sanado y permitido conectar con esa luz que habita dentro de mí, eso que amo tanto compartir: En palabras de Marianne Williamson, cuando hacemos que nuestra luz brille, inconscientemente damos permiso a que los demás hagan brillar la suya”. Hacer Yoga mejora mi sueño, me da paz y me permite estar presente, viviendo el aquí y el ahora, sin preocuparme por lo que va a pasar. Me ha permitido entender que, si constantemente nos enganchamos con el pasado, o con anhelar que vuelva esa “normalidad”, entonces vivimos desde la tristeza y el enojo y si constantemente te enfocas en el futuro seguiremos con casos de ansiedad e insomnio. La práctica te permite vivir lo que tienes HOY, lo que tu cuerpo puede o no puede hacer, sin expectativas, sin juicios, sólo dejándote fluir.

Desde que comenzó el encierro doy clases en línea a un grupo que llamamos #StayHomeYoga, lo que inició como un proyecto de cuarentena se convirtió en una familia que sigue sumando integrantes. Nos hemos convertido en confidentes… en amigas. Nos acompañamos todos los días en casa por Zoom y ver el crecimiento emocional y físico que ha habido en cada una de ellas me mantiene motivada todos los días.

Mi escuela, Mudra Yoga, reabrió sus puertas desde que el semáforo lo permitió, y poco a poco la gente ha regresado, nuevos alumnos se han unido. A fin de cuentas, sé que el sistema “en línea” no es para todos, hay quienes necesitamos la cercanía, el calor, los ajustes.

Es fascinante lo mucho que han crecido las dos comunidades y mientras sigo compartiendo lo que tanto amo, agradezco que me permiten llegar a sus corazones. Contribuir para mejorar en su día me recuerda que este es mi camino.

El yoga me hace sentir más completa, más mujer, me ha hecho mejor madre, mejor amiga, mejor empresaria, pero más que nada, me permite ser Yo, con mis luces y mis sombras.

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