De la misma manera que nos preocupamos porque nuestros hijos tengan una buena formación académica, nuestra aspiración como padres y educadores debería también enfocarse en la convivencia familiar después de la escuela. Se educa de manera integral, somos parte de un todo; la comida, las tareas, los medios de comunicación, las clases extracurriculares, los momentos de ocio, la vida en familia, etc. Todo educa o deseduca, para bien o para mal los hijos nos observan y son nuestros espectadores.

Pero es ahí en el hogar y también en la escuela, donde se producirá el mayor impacto en la educación de nuestros hijos. Y aunque se ha generalizado y aceptado la idea de que se educa en casa y en la escuela se aprende, los dos lugares son imprescindibles, importantes y complementarios, por lo que podemos y debemos hacer mucho.

Es verdad que un conjunto complejo de elementos ha transformado en muy pocos años la relación de padres a hijos. El mundo tan demandante que corre de prisa, la competitividad, el consumismo, la tecnología, los hábitos de vida, las novedosas costumbres globalizadas, todo esto y mucho más ha cambiado la relación y convivencia que tenemos hoy en día con nuestros hijos con respecto a generaciones anteriores. Hace falta el contacto físico y verlos a los ojos, interesarnos más por sus cosas y sus proyectos. Se nos ha olvidado jugar, bailar, llevarlos al parque, andar en bicicleta, pasear al perro, dibujar, brincar en las camas y contar cuentos, asignaturas pendientes para una gran cantidad de familias.

Dejemos de ser padres digitalmente distraídos y preocupados solo por el tener, demostrémosles también nuestro cariño incondicional, dándoles las herramientas necesarias para salir adelante, haciendo de ellos una obra de arte, escuchándolos y dedicándoles tiempo, cariño, entrega y límites claros y bien establecidos, con tiempo de calidad y de cantidad, intentando pasar los mejores momentos con nuestros hijos.

Podríamos empezar haciendo sentir a cada miembro de la familia, importante, indispensable e insustituible, valorando cada instante con ellos, que los hijos se sientan queridos, porque es justo en la familia donde se aprende a querer, donde se templa el carácter, donde se aprenden las actitudes y los valores que serán sus cimientos de vida, donde se enseña a vivir y también a convivir, donde se asumen las primeras responsabilidades. Finalmente, como padres no hay nada más importante que los hijos y nuestro amor hacia ellos es infinito.

Por Luz María Contreras