La emoción me domina cuando al tratar de iniciar con la redacción de estas líneas sobre África, son tantas sus caras y todas tan intensas, que confieso que no sé por cual empezar, si por su gente, sus paisajes, su magia y tradiciones, su infraestructura para atender a los visitantes en busca de una experiencia diferente en safaris fotográficos, o por la presencia incomparable de todos esos seres vivientes maravillosos que la habitan.

Todos los temas son apasionantes, y África en definitiva, es diferente, auténtico, único, maravilloso. Pero el lector estará de acuerdo que el protagonista principal de este destino es, sin duda alguna, su fauna.

Internarse en el cráter del Ngorongoro genera una clara sensación de que se está viajando en el tiempo, a otra época, quizá, a otra era. En mi reciente visita, disfruté a sobremanera, la grata coincidencia, nada rara a esa altura (unos 2400 msnm), de que el ingreso por las orillas del cráter fuese entre nubes y una fresca y ligera lluvia, que hacía aún más misteriosa la espera.

         Avanzando por el camino, al despejarse esas nubes anfitrionas, como si fuese un telón que se abriera para iniciar una obra de teatro, frente a nosotros se presenta impresionantemente bello y majestuoso, todo el valle interno del cráter, alcanzando la vista hasta la otra orilla del mismo.

Para entonces ya el paisaje es claro, transparente, reservado, silencioso y contando su propia historia de belleza, de vida y muerte, de cazador y presa, de siglos y siglos de especies que cohabitan y viven día a día las duras leyes de la supervivencia.

La vista es impresionante, el valle, los pastizales, los riachuelos, pequeños pantanos, grupos de árboles que de lejos parecen pequeños bosquecillos de acacias, nubes que ofrecen su sombra y el sol filtrándose entre ellas, y coronando la escena, un lago grande al centro, orgulloso de que todos se sirven de él. Todo lo anterior, enmarcado por las orillas del cráter. Mágico, casi irreal.

Se distinguen a simple vista manadas y pequeños grupos de diferentes especies, ñúes, búfalos, gacelas de Thompson y de Grant, Cebras, etc y desde luego, el ganado pastoreado de las tribus Masai que cohabitan el valle desde hace varios siglos, y que entienden, mejor que nadie, este medio ambiente tan especial.

Conforme vamos bajando al valle, el escenario va tomando el control de la visita, mostrándonos casi al alcance de la mano toda la vida que habita este lugar.  Esos habitantes, ahora a unos pocos metros nos permiten conocerles de cerca, tomarles algunas fotografías e intimidarnos con sus miradas curiosas y a la vez acostumbradas a estos, más o menos pacíficos invasores.

Se puede apreciar claramente la especialización que han desarrollado en su evolución para sobrevivir, tanto depredadores como aquellos herbívoros y otras especias menores, que son base de la cadena alimenticia, cada una participa en el ciclo eterno de la vida.

Los que de lejos parecían riachuelos, son ahora los ríos que alojan hipopótamos, varias especies de aves, y que dan de beber a todos los habitantes de estas praderas.  Y los pensábamos eran pequeños bosquecillos, nos demuestran que no hay que subestimarlos, y que alojan elefantes, búfalos, leones, leopardos, aves rapaces, jirafas, etc.   Muchos de ellos se presentan sin ningún temor, otros por su naturaleza evasiva como el leopardo, se le puede ver teniendo mucha suerte y escudriñando minuciosamente cada árbol, zanja, arbusto, y aún así, se le puede tener a unos pocos metros, sin poderlo identificar con su camuflaje que le sirve para acechar a sus presas.

Un rinoceronte con su cría pastando a lo lejos, tímidos e intimidantes, enormes y aparentemente indiferentes a nuestra presencia. Nuestro vehículo no puede acercarse, debe limitarse rigurosamente a los caminos destinados para la visita, son los habitantes los que deciden si se acercan, si se muestran, si actúan o no, esa libertad se vive aquí, se respeta, y me hace meditar sobre el respeto que debemos tener a todas las especies del planeta y sus hábitats, si vamos a coexistir con ellos, debemos ser respetuosos definitivamente.

En el Serengueti y el Masai Mara, la escena se repite, pero por cientos, o miles, y en algunos casos millones; los interminables valles y planicies, a veces casi desérticos pero rompiendo esa monotonía con ríos, bosques de acacias, pastos altos, pastos cortos, etc (me atrevo a decir que parecido al altiplano mexicano), alojan a interminables manadas de ñúes en su eterna migración, la más grande del mundo, acompañados de cebras, siguiendo siempre los pastos frescos, las lluvias.

No se aprecia ninguna cerca, carretera pavimentada, antena, construcción moderna hasta donde alcance la vista, y esa majestuosidad permite entre otras cosas, ubicarme como ser humano en lo que somos, un habitante más de este planeta, no los únicos.

En medio de nada se esconden, muy discretamente, alojamientos perfectamente reglamentados, con todas las características y comodidades necesarias para que el visitante tenga una estancia más que placentera, totalmente autosustentables, respetando el entorno, sin invadir, más aún, respetando que los habitantes pasen libremente junto a su “casa de campaña de lujo” sin intimidarse y sin peligro.  Para que el visitante pueda vivir en carne propia la experiencia de vivir en medio de esta majestuosidad.

Si alguna vez ha escuchado Usted la famosa melodía del grupo de rock Toto llamada “AFRICA” y tiene la oportunidad de visitar este bello continente, analice el mensaje de la canción, y entenderá con todas sus letras lo que significa la frase “I bless the rains down in Africa”.

Por Daniel Padilla