Tuve la fortuna de nacer en una época en que lo normal, era vivir en familia. Todas diferentes, con dinámicas propias y condiciones particulares, pero casi todo giraba alrededor de la familia. Se comía y cenaba en familia. Se pasaban los fines y las fechas importantes en familia. Se vacacionaba en familia.

Y gracias a un ambiente como ese, no tuve ningún problema en que, con gran naturalidad me planteara que mi futuro giraría alrededor de una familia. Y así sucedió, al encontrar al amor de mi vida, el matrimonio fue el primer paso en el camino para iniciar esta aventura.

Unos días antes de nuestra boda, acompañando a mi futura esposa a revisión médica, el Ginecólogo le recomendó que, dado su historial médico hasta ese momento, debiera ella hacer conciencia y hacerme saber a mí, que había una significativa probabilidad de que no pudiera embarazarse. Recuerdo cómo cuando me lo hizo saber -con evidente dolor y tristeza- sin detenerme a pensarlo le dije: ¡No te preocupes! ¡No estés triste! Vamos a ser papás de un modo o de otro. Si no puedes embarazarte podemos adoptar y seremos felices y tendremos una familia. Con toda honestidad he de decir que hasta la fecha no entiendo cómo o porqué dije aquello. Creo que fue precisamente porque para mí, eso era algo que debía suceder. Y así sucedió.

Dios nos bendijo al muy poco tiempo con un embarazo de gemelos. Lamentablemente, a las pocas semanas de gestación, uno de ellos dejó de desarrollarse y tras un embarazo delicado nació nuestro primer hijo. Convertirme en padre fue el segundo suceso más feliz de mi vida, solo detrás de nuestra boda. Y a partir de ese momento fuimos descubriendo día a día la maravilla de ser Padres. Recuerdo haberle dicho a mi esposa en alguna ocasión que no concebía poder tener otro hijo porque a éste lo amaba con todo mi corazón y, ¿cómo habría de amar al siguiente?

Poco tiempo después Dios nos bendijo de nuevo con una hermosa bebé para demostrarnos que no era así: Que al tener otro hijo el corazón se agranda, se ensancha, se multiplica para amar igual a cada uno, más y más cada día. El embarazo fue muy accidentado y difícil, en el parto mi esposa tuvo que someterse a una cirugía en la que perdió la matriz, y con ello la posibilidad de embarazarse de nuevo, no volver a tener hijos era algo que dolía mucho…

Nuestros hijos fueron creciendo, llenando nuestra casa de felicidad. Teníamos una familia maravillosa encabezada por una esposa y mamá excepcional que a todos nos llevó a más en todos los sentidos, nos sentíamos verdaderamente afortunados y felices. Al pasar de los años la inquietud por otro hijo rondaba nuestro corazón. ¿No debiéramos multiplicar esta felicidad? Pero durante varios años, a estas inquietudes respondían nuestros absurdos razonamientos, condiciones profesionales, económicas y familiares.

Por eso me considero muy afortunado. En mi vida se sucedieron una serie de hechos y personas maravillosas que provocaron en mí una conversión, me acerqué a Dios, al igual que mi esposa ya lo hacía con anterioridad, y ello nos permitió tomar la mejor decisión de nuestras vidas.

Nuestra historia de Paternidad es maravillosa, lo que vino a continuación y a partir de ese momento no se puede explicar más que cara a Dios que tiene caminos inesperados e incomprensibles muchas veces.

Él sembró en nuestros corazones el deseo inmenso de estar abiertos a la vida nuevamente. Así que lo hicimos a través de la adopción, la cual consideramos un camino alterno y privilegiado. Providencialmente, y en una serie de eventos que nos mostraron el amor de Dios y su generosidad para quienes están abiertos a la felicidad con su ayuda, once años después del nacimiento de nuestra hija, llegaron a nuestra familia, un tremendo y juguetón hijo y dos hermosas y cariñosas hijas para completar la enorme dicha de la que gozamos hoy día.

Por supuesto que fue un reto enorme. Y sigue siéndolo cada día. Formar y educar a los hijos es trabajo de tiempo completo, implica sacrificio constante. Pero la felicidad que en cada momento proporciona cada hijo, los padres a los hijos, los hermanos entre ellos, los esposos, y posteriormente los sobrinos, tíos, abuelos, amigos, etc., son permanentes, trascienden, y son incomparables con la pasajera dicha que puede obtenerse de comodidades, experiencias, lujos, títulos, riquezas, que se logren al carísimo precio de privarse de uno de los dones más maravillosos que Dios ha dado al hombre: LA PATERNIDAD que implica ser corresponsables de la vida de un ser humano indefenso que tiene todo un futuro por delante, que necesita ser muy amado, formado, educado, para llegar a ser una persona de bien.

Por Oswaldo A.